El Escalador y la Muerte

Por: Yelinna Pulliti Carrasco


Cayó hundiendo el rostro en la nieve, en la cima de la solitaria montaña.
Le repitieron incontables veces que era una locura escalar por otra ladera que no fuera la trazada en los mapas. Recordó a su mentor insistirle, casi con rabia:
- Jamás nadie ha ascendido por el lado sur, la pendiente es demasiado pronunciada y agreste. Además el viento hace descender la temperatura en más de treinta grados centígrados. Nadie ha ascendido por la ladera sur y lo mejor es que nadie lo intente jamás.
No exageraba. Después de recorrer miles de kilómetros a través del continente, el viento aún conservaba la gelidez del círculo polar. 
Y fue ese viento el que había marcado su perdición. 
Había querido desafiar a la Naturaleza, pasar a la Historia y dejar su huella como la primera persona en ascender la montaña por su lado sur.
Mas la Naturaleza, inmisericorde y traicionera, ocultó el sol tras unas espesas nubes. El frío polar le dio de lleno a mitad del ascenso y la nieve que flotaba en la atmósfera enrarecida lo encegueció. Con su cuerpo casi congelado logró alcanzar la cima varias horas después, ya de noche, sin fuerzas para ponerse de pie nuevamente.
En la oscuridad, entregó su vida a la montaña.

Y ahora, arrancado de su carne y sus huesos, se contemplaba a sí mismo, azul e inmóvil.
- A pesar de todo - se dijo, acariciando su cabeza con su mano fantasmal - fue una buena vida.
Miró a su alrededor y se sintió muy solo. A diferencia de la lejana ciudad en la que él pasaba sus días más comunes, en esa cima sólo existía la desolación. 
Se arrodilló junto a sus restos.
- Lo he logrado - se dijo - He vencido la ladera sur. Mi nombre será recordado por generaciones de escaladores. Yo lo di todo por vencer a la montaña.
Intentó apartar la nieve de su rostro muerto, pero fue inútil. Ya no formaba parte del mundo de la materia, por ello tampoco podía sentir el Viento Polar que cubría su cuerpo con una mortaja de hielo.
- La soledad de las alturas - murmuró.
A sesenta kilómetros de allí, el Viento se mezclaba con corrientes ecuatoriales más cálidas y perdía su mortal furia.
- Pero no interesa dónde o cómo muramos ¿no es así? - dijo, tratando de reconfortarse - No interesa si nos acompaña una multitud que nos toma de las manos, o en una caverna en una isla desierta. En ese instante en que cruzamos la frontera de la vida a la muerte estamos siempre solos. 
El Escalador dejó escapar unas lágrimas.
- El problema es que ahora ya no sé qué hacer o a dónde debo ir.
Entonces percibió que una figura oscura se alzaba junto a él.
La observó y de inmediato la reconoció.
- La Muerte.
Ésta era una sombra sin rostro, con forma vagamente humana. Lo único visible en ella eran sus dos manos, blancas y azuladas como el cadáver que yacía junto a ellos, y sus larguísimos dedos. Los mismos que usaba para separar las almas de sus cuerpos y sellar el destino de quienes sucumbían por vejez, enfermedad, miseria o accidente.
- Viniste por mí ¿verdad?
La Muerte asintió.
- Supongo que debería temerte. Lo normal es tenerte miedo ¿no es así?
La Muerte hizo un movimiento de negación.
- No me digas que no tienes la culpa de todo el dolor en un funeral ¿eh?
La Muerte negó y señaló el cadáver.
- Ah, eso. Dirás que fue culpa mía.
La Muerte, con un leve gesto, asintió.
Él lanzó un suspiro:
- Bueno, es cierto. Yo vine por mi propia voluntad. Creo que tú sólo apareces cuando no hay otra opción... o cuando ya no hay remedio.
La Muerte volvió a asentir.
El Escalador permaneció en silencio. El viento volvió a arreciar y el cielo se oscureció aún más. 
A pesar de todo, tuvo que admitir que ya no se sentía tan desamparado. Aunque se tratara de la Muerte, tenía a alguien a su lado.
- Sabes... - empezó a decirle - aquí hablando, aunque no me respondas... ya no me siento tan solo como antes que aparecieras. Es gracioso... en el fondo disfruto de tener tu compañía.
La Muerte le tendió sus manos y lo ayudó a ponerse de pie. Su tacto no era frío ni caliente, pero le llenó de confianza.
- Ahora entiendo - le decía el Escalador a medida que reflexionaba - No existes para dar miedo o producir dolor. Estás aquí simplemente para acompañarnos en el instante último... para que no estemos tan abandonados.
La Muerte asintió y estrechó sus manos con más fuerza.
- Realmente debes amar a la Humanidad para aguantar toda la mala fama que te hemos dado y seguir con tu tarea ¿eh?.
La Muerte no respondió, pero algo en ella le indicó que él había descubierto su secreto.
- Déjame acompañarte también - le pidió el Escalador - llévame a donde tengamos que ir.
Y juntos, se perdieron en la oscuridad.