El Tronco Caído


Por: Yelinna Pulliti Carrasco




La luz de la luna llena permite ver el horizonte con detalle. La playa, las rocas, el océano, incluyendo las estrellas, todo aparece con una claridad inusual, especialmente considerando esta parte de la costa donde las nubes suelen cubrirlo todo.
Esta noche, por suerte, está muy despejado. 
Me recosté sobre la arena, junto a mi tienda, de cara al cielo. El resto del grupo de excursión duerme ya.

Había sido un viaje muy largo. Ocho horas en bus desde la capital durante la noche anterior hasta un pueblo de aspecto decadente, a donde llegamos al amanecer y que en ese momento parecía estar muerto. Las calles eran de tierra y las casas tenían un aspecto envejecido debido a la brisa salina del mar. Desde allí caminamos cerca de seis horas más hacia la playa, alejándonos bastante del pueblo, hasta hallar un lugar adecuado para levantar el campamento, a salvo del viento y lejos de los montones de algas que, abandonados por la marea, se pudrían en la orilla cubriéndose de moscas.

A pesar de todo debí confesarme que era un lugar hermoso. Estábamos en medio de la nada, aislados por completo, y eso me gustaba.
Aquí tendida pude localizar Venus, Orión y la nebulosa que cuelga debajo de su cinturón. Aunque "debajo" no es una palabra muy adecuada en el firmamento, donde no hay arriba ni abajo.
Al mirar tan profundo en el cielo es fácil entender la pequeñez de nosotros lo humanos y lo poco que importamos para el resto del Universo en realidad. Si nuestro planeta desapareciera repentinamente no le afectaría en lo más mínimo.
Pero algo se perdería de todos modos, a pesar de que la pregunta siguiente sea ¿le importaría a alguien más? Lo dudo mucho. Esto me recuerda a esa cuestión del árbol que cae y nadie lo oye ni lo ve, y luego preguntan ¿realmente ha caído?
Yo solía responder que sí, pues al ir a ese lugar se vería un tronco derribado y se podría decir: - Aquí cayó un árbol.
Pero pensándolo mejor, si nadie, absolutamente nadie, va a ese lugar hasta miles de años después que el tronco se ha desintegrado y todas las huellas borrado ¿podría decirse que el árbol realmente cayó? ¿podría decirse incluso que allí alguna vez existió un árbol?
Por alguna parte había leído que la existencia del Universo dependía de que hubiera alguien que pudiera observarlo. A una escala más humana puede afirmarse que algo existe mientras hayan pruebas de su existencia, y que ésta depende de si puede ser comprobada. Así, el mismo pasado puede alterarse si se alteran las pruebas que se tiene de él y se elimina a los testigos.
Esto me hace sentir incómoda. Me muevo un rato, ahondando la arena debajo de mi espalda.
Fijé mi vista en una estrella justo en medio del cinturón de Orión. 
Es extraño, pues hasta donde sé no hay más estrellas allí que las tres que conforman el cinturón. 
El pensar que el pasado puede variarse es lo mismo que pensar que toda la Realidad y su Historia se reducen a aquello que puede ser probado u observado, ignorando a todos los árboles que cayeron y no dejaron rastro.
Al menos para quien desea conocer ese pasado con la mayor certeza posible.
- Más trabajo para historiadores y paleontólogos - pienso, sonriendo.
Apunto mi dedo hacia la estrella.
- Si esa estrella estuviera tan lejos que su luz nunca nos alcanzara, podríamos ignorarla por completo, incluso podríamos decir que allí no hay ninguna estrella.
Bajo mi mano y me arropo en la casaca. Hace frío. Es posible que esa estrella sea un planeta, pues no parpadea. Incluso parece moverse y volverse más brillante.
Sí se está volviendo más brillante.
Lo primero que se me ocurre es que debe ser mi imaginación.
- He dormido poco - me digo.
Pero al continuar observándola, descubro que se va haciendo más nítida, incluso llego a distinguir una tenue cola.
- Es un cometa y viene hacia aquí - escucho en mi cerebro. 
Niego con la cabeza, si fuera así alguien debía haber dado la voz de alerta, pero son tantas las rocas y los trozos de hielo que se desplazan allá en el vacío que es imposible seguirle la pista a todos. Que uno de ellos se les haya escapado a los astrónomos es algo que realmente puede ocurrir.
- No puede ser un cometa - repito en mi cabeza, tercamente.
Intento acallar esa otra voz que me dice que sí lo es.
Pero unos minutos después me doy por vencida.
Ya puedo distinguir sus dos colas y su núcleo apuntando a la Tierra.
En el campamento todos siguen durmiendo. Hasta mí llegan unos ronquidos. Ya el cometa brilla mucho más que Venus. Pienso en el alboroto que debe haber en las ciudades y en lo que deben estar diciendo en la televisión, pero aquí sólo se oye el rumor de las olas.
Hundo mis manos en la arena. ¿Debería despertar a mis amigos, deberíamos huir? 
No serviría de nada, basta mirarlo para saber que es un cometa gigantesco. Ya he visto suficientes documentales para saber lo que ocurrirá: Dejará un cráter de varios cientos de kilómetros de diámetro pulverizando todo lo que esté debajo.
- ¿Acabará con la Humanidad?
Prefiero no pensar en eso, por más probable que sea.
Se me escapa una risa ligera y varias lágrimas. No suelo caracterizarme por mi amor hacia la Humanidad, en realidad el problema es otro.
Lo que sucede es que no quiero ser el árbol que cayó y del que nadie jamás encontró sus restos, el árbol del que nunca se pudo probar que alguna vez existió.