Mi Guía



Por: Yelinna Pulliti Carrasco




Mi vida consiste en recorrer el país, y aún más allá, hasta el límite del horizonte. Conmigo viene mi perro, tan incansable como yo. Para esta tarea él me es extremadamente útil, ya que posee un increíble instinto para elegir las mejores rutas y los caminos menos fatigosos. Me lleva por aquellos parajes donde el cielo es más azul, las pendientes menos pronunciadas, los ríos más claros, las sendas menos pedregosas. Casi siempre él va corriendo, tensando su cadena, obligándome a correr con él. De esta forma recorremos distancias enormes en pocos días.
Éste parece ser el único propósito de su existencia. Mi perro no sabe hacer otra cosa, tampoco es necesario que yo le enseñe nada. De todos modos, a lo largo de mi vida no he aprendido nada que valga la pena ser enseñado. 

Solemos evitar las zonas en las que podamos encontrar seres humanos. Esto se debe a que él es un animal hermoso, de pelaje suave y aspecto amable, a diferencia de los perros de los campesinos de estas regiones tan salvajes, animales escuálidos y vulgares, cuya sola vista hace comprender la codicia que despierta el mío. 
Recuerdo una noche en que estábamos durmiendo en una ruinosa covacha cuando un pastor se acercó a nosotros en silencio. Se había inclinado para comprobar que dormíamos, pero yo, que poseo un sueño tan ligero que hasta la misma brisa es capaz de espantar, desperté y me levanté de golpe, sabiendo sus intenciones. Nos observamos durante algunos segundos, y es posible que el pastor temiera que le ordenara a mi perro que lo atacara, pues antes que yo hiciera el menor movimiento, se retiró sin decir nada.
Mi perro es tan dócil que dejaría de buena gana que cualquier persona se lo llevara de mi lado. No sabe atacar, no sabe defenderse, no sabe distinguir cuando una persona tiene malas intenciones, a pesar de haberme demostrado varias veces que es una criatura inteligente. Sabe cuándo es seguro cruzar un río o un pantano, puede sentir la lluvia y las tormentas acercándose aunque en el cielo no se vea una sola nube, y sabe reconocer cuando un puente no soportará nuestro peso. Le confío mi vida como lo haría un hombre ciego. A cambio, lo he tomado bajo mi cuidado. Él no ha nacido para cuidar un rebaño o espantar a las personas extrañas. Un campesino o un pastor no sabría qué hacer con mi perro.

En las raras ocasiones en las que nos dejamos ver por la gente, siempre despertamos curiosidad. Nos han confundido con espíritus de los bosques o almas de seres fallecidos. Es probable que se deba a lo silenciosos que somos. Desde que tengo a mi perro jamás he vuelto a intercambiar una palabra con otro ser humano y él jamás ha ladrado. Le agradezco que no lo haga pues necesito tranquilidad, mucha tranquilidad para que mis meditaciones no sean interrumpidas.

Dependemos mutuamente uno del otro, separados estaríamos perdidos. Él me necesita como a su protector, yo lo necesito como mi guía. Sin él no sabría a dónde ir. Nos encontramos un día en un camino solitario hace varios años e inmediatamente supimos que el Destino nos había escogido desde siempre para estar juntos. En ese entonces yo vagaba sin rumbo por los prados y las montañas, y hallar a un compañero fue una bendición. Le puse una cadena y dejé que él fuera el que me dirigiera a donde sea que tuviéramos que ir. Hemos visto infinidad de cosas juntos y, en nuestros mejores momentos, somos capaces de avanzar durante varios días sin descanso. Somos increíblemente veloces, los trayectos que la gente hace desde el alba al anochecer, nosotros los hacemos en pocas horas. 
Cuando hay buen tiempo, solemos viajar durante la noche. Amo con intensidad esos momentos. Mientras corremos en medio de la oscuridad, en medio de la nada, dejo vagar mis pensamientos hasta el infinito. Es lo más cercano que he estado de la verdadera libertad. 
Estoy seguro que él no habría podido hacer este largo viaje solo, sin una persona que cuidara de él. Cuando alcanzamos las cimas de las montañas, aún entre la nieve o el viento, él no deja de señalarme el camino que nos queda con su mirada. De esta forma sé que todavía nos faltan varios años de correrías, y que no interesa si hemos recorrido mil kilómetros o un millón, siempre será una pequeña fracción de lo que tenemos aún por delante. 
Ignoro hacia dónde me está dirigiendo mi perro y no lo sabré hasta que estemos allá. De lo único que estoy seguro es que estoy ansioso por llegar.