El Último Vagón


Por: Yelinna Pulliti Carrasco




K llegó a la estación con un poco de retraso, mas como los trenes de su país no se caracterizaban por su excesiva puntualidad, sin darse mayor apuro fue a comprar el boleto en la ventanilla y se sentó en una banca, a esperar su tren.
A pesar de ser un hermoso día, la estación estaba vacía. K consideró que, dada la lejanía de aquella provincia y los inmensos páramos que la rodeaban, no debía ser raro que no hubiera público. 
Su tren debía ser el siguiente en llegar. 
Después de esperar varios minutos, a lo lejos, vio el humo de la locomotora, aproximándose. Una vez que ésta se detuvo, esperó que los pasajeros descendieran del tren. 
- Parece que éste no es un lugar muy atractivo para visitar - pensó K al ver que ninguno descendía.
Fue a mostrarle su boleto al guardia.
Después de examinarlo, éste le dijo:
- A usted le corresponde el último vagón, señor.
- Entonces iré a ocuparlo, si no le molesta - Replicó K.
- Le aconsejaría que no lo hiciera. Éste tren no sólo transporta pasajeros, también lleva y trae carga de todas partes del país, por lo que posee muchos vagones, algunos muy grandes. Si usted fuera corriendo hasta el último vagón sólo nos haría perder tiempo. Como este tren es muy veloz, más le conviene esperar aquí hasta que su vagón llegue, entonces yo lo sabré, lo detendré y podrá abordarlo.
A K le pareció una buena idea, por lo menos se ahorraría la caminata. Se despidió y fue a sentarse a la banca más cercana. 
El tren empezó a moverse. K tuvo que admitir que el guardia tenía razón, la locomotora transportaba no sólo pasajeros, también arrastraba inmensos vagones con todo tipo de carga: minerales que provenían de los más lejanos yacimientos, granos que hacían su viaje desde la frontera, maquinaria que iba a la capital, piedras y arena explotadas de las enormes canteras cercanas a la cordillera... 
Desde los vagones de pasajeros, varias personas lo saludaban, hombres, mujeres y niños que hacían viaje desde cada rincón del país.
- ¡Ah! ¡Qué orgulloso estaría nuestro Monarca si estuviera aquí conmigo y viera esto! - Se decía - ¡Toda la riqueza de su tierra y de su gente pasando ante sus ojos!
K vio trajes de todos los colores y oyó saludos en muchos dialectos. Él respondía saludando también, tímidamente. 
Luego pasaron, veloces, vagones cargados de armamento, carbón, hierro, oro y plata. K sonrió, tales riquezas debían defenderse contra naciones codiciosas. Se sintió agradecido de tener la oportunidad de contemplar todo aquello. Su país era inmenso y rico.
Pasaron más vagones llevando consigo gentes de todas las clases sociales, señoritas muy bien vestidas le mandaron besos y niños mugrientos se rieron de él. 
Vio cargamentos de semillas, papel, madera, caucho, sal y piedras preciosas. Mas su vagón no llegaba. Interiormente K se alegró que demorara un poco, mientras más largo fuera su tren, significaba que en su país habían más productos qué transportar, más materia prima disponible para su extracción.
El tiempo pasó así como los vagones. La cantidad de recursos explotables parecía infinita. K se entretenía pensando en el momento en que también él abordaría el tren y sería llevado junto a toda aquella abundancia.
Los pasajeros ya no sólo lo saludaban, también lo observaban con curiosidad, él se limitaba a sonreír ¡Qué orgullo! ¡Qué hermoso país el suyo que ennoblece con sus recursos a su Nación y a su Monarca!
K no cabía en sí de gozo.
Llegó un momento en que ya no fue consciente del tiempo transcurrido, todos sus pensamientos estaban fijos en lo que había dentro del tren. ¿hacía cuánto había llegado a la estación? Llevar reloj iba contra su costumbre y a él tampoco le importaba.
Poco a poco, mientras más vagones pasaban ante él, veloces, K fue percibiendo que sus fuerzas lo abandonaban, pero no los perdía de vista, a cada momento que transcurría, iba convenciéndose más y más de que la riqueza de su patria era mucho mayor que la de cualquier otra. 
Vio personas de la capital, del campo, de la montaña, de los valles y los bosques, pues los territorios bajo los dominios del Monarca eran vastos y muy variados, parecía no haber rostro o vestimenta que se repitiera dos veces.
Era como contemplar el resumen del mundo, de la Humanidad y todo a lo que era capaz de transformar y dar uso.
Era ver la Geografía y la Historia, siendo parte de la carga de un inmenso tren.
En su mente, K empezó a entonar alabanzas a su Monarca.
De pronto, después de tanto esperar (¿fueron horas, días, semanas?), con sus últimas energías, vio llegar al último vagón, totalmente pintado de negro.
Éste se detuvo justo frente a él y su puerta se abrió.
K supo entonces que para abordarlo no necesitaba boleto, que ese vagón estaba destinado desde siempre para su uso exclusivo. El último cargamento del tren de la Riqueza Absoluta.
Fascinado con esta visión, murió.